Costa Gavras: «Me impresiona la vulgaridad de la TV»

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Constantin Costa Gavras eligió ser testigo de su tiempo y nunca se ha avergonzado de hacer lo que muchos llaman «cine político». En el último tramo del siglo, el director de «Z», «Estado de sitio» y «Desaparecido», decidió auscultar el corazón del escándalo: la televisión. En «Mad city», su último film, protagonizado por Dustin Hoffman y John Travolta, el tema es la manipulación informativa en la tele. Esta vez, Costa Gavras se mete con la locura del rating, esa carrera en la que más de uno necesita desembarazarse de la mochila de la ética para llegar más rápido.

El cineasta greco-francés estuvo en Buenos Aires para participar del encuentro internacional «Espacio audiovisual: democracia, participación y cultura», organizado por Fernando Pino Solanas a través de la Fundación Imaginar. En diálogo con La Nación, sobre lo que considera el peor pecado de la TV: la vulgaridad.

-Usted declaró que nunca ha hecho una película sin estar apasionado por ella. ¿Cuál es la pasión que lo llevó a filmar «Mad city»?

-La de tratar de plantear sin maniqueísmo y sin preconceptos de la relación que nosotros, los espectadores, mantenemos con la televisión. La TV no es más que un objeto y el problema no está en los objetos sino en los hombres y en lo que ellos hacen con esa herramienta. Los diarios, la radio y la televisión son instrumentos sin alma. Nosotros somos los que les damos un alma que puede ser buena pero también diabólica.

-¿Qué es exactamente lo que le molesta de la TV actual?

-Lo que me impresiona es la vulgaridad que vemos actualmente en los canales de televisión, por lo menos en los europeos y en los norteamericanos que son los que yo conozco. Para atraer al público, a menudo se utilizan los medios más bajos, más vulgares. Hace quince días, leí en el diario español «El País», que el presentador de un programa con mucho rating dijo:»Esta noche vamos a hablar del cu….», y consagró toda la emisión a ese tema. Es aterrador.

-Es de mal gusto…

-Exacto. Yo no tomo frente a esto una posición de condena moral. Esa es una broma que cuando estamos entre hombres o en un pequeño círculo se puede hacer, dura sólo un momento, nos reímos todos, y pasamos a otra cosa. Pero el hecho de que la TV proponga esta vulgaridad a la gente que cree en ella -a todos los espectadores que toman por verdadero aquello que «dijo la televisión»-, es un pésimo ejemplo. Se habla mucho de la violencia en la TV. Me parece un tema importante sobre todo por los efectos que produce en los jóvenes, quienes a causa de la televisión comienzan a considerar que la violencia es algo normal, que después de todo no es tan problemático disparar contra otra persona. Pero creo que, puestas en la pantalla, la vulgaridad es aun peor que la violencia.

-¿Por qué?

-Porque dado que es más fácil de imitar, la vulgaridad es un ejemplo que produce sus efectos en mucha más gente.De ese modo, la vida en general se va volviendo vulgar. Uno va dejando de interesarse por cosas un poco más refinadas espiritualmente y termina apostando al facilismo. A esto se agrega la peligrosa uniformización de la cultura que produce la TV.

Yo era muy joven cuando me instalé en Francia. Recuerdo que el primer consejo que me dieron en la universidad fue el siguiente:»Hay que leer más, hay que leer todos los libros, porque uno termina pareciéndose a lo que lee. Prestá mucha atención a lo que lees». Años mástarde comprobé que era cierto. Creo que actualmente, terminamos pareciéndonos a lo que miramos. Cuanta más vulgaridad haya en la tele, más vulgares seremos todos.

-¿Desde qué punto de vista enfocó en la película la relación entre el espectador y la TV?

-Mi punto de partida fue el de tratar de evitar el maniqueismo. Tomé a gente como usted y como yo que quedan atrapados en un engranaje en el que hay que hacer cada vez más espectáculos que atraigan la atención del público para ganar espectadores.En esa carrera, obnubilados por la presión del rating, pierden el sentido de la realidad y olvidan cualquier tipo de ética. Llegado un punto, uno de los personajes atrapado en esa situación, comienza a hacerse determinadas preguntas.

-¿Qué cambios espera que produzca «Mad city» en la conducta de los teleespectadores?

-Creo que, por suerte, ninguna película puede cambiar a la gente. Y digo «por suerte» porque si eso fuera de otro modo, todos aprovecharían esa condiciones para modelar la conducta humana aun en los peores sentidos, como hicieron los nazis con su aparato propagandístico. Si una película logra plantear algunas preguntas, o aunque más no sea una sola, y consigue que al salir del cine, la gente se formule esas preguntas y las discuta, eso ya es un triunfo. Si al ver mi película, el público puede preguntarse algunas cosas mínimas sobre su condición de espectador de TV, estaré muy satisfecho. La cosa más difícil del mundo es hacer la pregunta justa. Creo que el objetivo de las películas que llamamos políticas es , justamente, tratar de plantear la pregunta justa. En este sentido, me parece importante aclarar que, para mí, todos los films son políticos. Y creo que las películas que se dicen apolíticas, en realidad son más políticas que las demás porque conllevan un mensaje oculto que es recibido por el público como una realidad, como una evidencia. Para mí, eso es lo peor.

-Usted ha declarado que el cine norteamericano apunta al vientre del espectador y, el europeo, a su inteligencia. ¿Por qué piensa que las cosas suceden de ese modo?

-Creo que para ese fenómeno hay una explicación histórica. Los Estados Unidos han sido hechos por un pueblo constituido por gente llegada del mundo entero. Entonces, los primeros artistas, los primeros hombres de literatura, de teatro y de cine, intentaron llegar a todas esas culturas diferentes. Para lograrlo, se vieron a obligados a simplificar al máximo el contenido y la forma estética de sus obras. Eso hizo que aún hoy las películas americanas sigan siendo muy populares. Nuestra cultura europea, en cambio, empezó de otro modo: al principio la cultura estaba en manos de la aristocracia y recién después se extendió a las capas populares. Esa génesis de la cultura europea como cultura de clase, hizo que alcanzara una cima estética que actualmente todo el mundo admira.

El cine americano, desde que llegó la TV y el mercantilismo, ya no es una obra artística, sino comercial. Las películas pasaron a ser productos comerciales que hay que vender. En Europa seguimos pensando que los films son obras artísticas destinadas a tocar el espíritu. Cuando digo espíritu, me opongo a esa idea de los norteamericanos del cine que apunta al corazón. Las emociones no nacen en el corazón sino en el espíritu. Cuando uno se enamora de una mujer, el corazón late aceleradamente, pero lo hace porque, antes, nuestro espíritu unió todos los elementos necesarios para poder enamorarnos de esa mujer. Los cineastas europeos intentamos tocar el espíritu de los espectadores porque el espíritu es lo más maravilloso que tiene el hombre.

-En «Mucho más que un crimen» usted abordó el tema de un criminal nazi desde un ángulo muy complejo: el de su capacidad para ser un padre y un abuelo cariñoso. ¿Por qué eligió ese punto de vista?

-Esto nos hace regresar al tema de la televisión, del que creo que es imposible salir. En la tele, como en el cine americano, cuando nos muestran a un malo, presentan a alguien que tiene una cara horrible y alrededor él todo es feo, hasta el gato. Eso nos tranquiliza, porque nos hace creer que podemos reconocer fácilmente a los malos. Pienso que no es así.En Europa existió el nazismo, en la Francia actual existe la extrema derecha de Jean-Marie Le Pen. No son los malos de la caricatura. Son padres de familia y parecen muy humanos, pero que cuando tienen poder, destruyen y matan. Hay que decirle a la gente que los malos están entre nosotros, que pueden tener un rostro hermoso, y que es necesario abandonar los clichés. Yo creo que el criminal nazi de mi película ama realmente a su hija y a su nieto. El problema es que su capacidad de amor se termina allí. Funciona con una lógica tribal: todo lo que está en mi entorno es bueno y aceptable, pero los que están fuera de ese círculo merecen el odio y la destrucción. Eso es el racismo, la incapacidad de aceptar al otro en su diferencia.

-¿Cree que algo cambiará en Francia a partir del triunfo de la izquierda en las recientes elecciones legislativas?

-Sí, creo que los cambios van a ser importantes. Ahora la derecha recibió una lección por parte del electorado. Pero no hay que olvidar que cuatro años antes, la lección fue para la izquierda. En este momento sucede algo positivo. A Lionel Jospin lo conozco personalmente y estoy en condiciones de asegurar que es una persona decente. Es un hombre que está en política desde hace 25 años y que no se ha enriquecido. Todo lo que tiene es un departamento y un auto, y su mujer sigue ejerciendo su oficio como siempre. Pienso que su experiencia y su calidad de persona, unidas le van a permitir hacer algo diferente en la política francesa. Necesitamos cambiar el modo de gobernar nuestro país porque ya hemos tenido demasiados escándalos generados en la corrupción de los políticos que se enriquecen cuando llegan al poder.

Las extrañadas vidas una película

La preocupación de Costa Gavras por los medios, no se inaugura con su último film, «Mad city». En su realización anterior, «La petite apocalypse», inspirada en la novela homónima del escritor polaco Tadeusz Konwicki, ya había rozado el tema del escándalo, los límites y la sociedad contemporánea. «La petite apocalypse» narra la historia de un escritor polaco refugiado en París. Su ingreso al infierno mediático se produce de un modo absolutamente azaroso. Durante una fiesta, al intentar cambiar una lamparita, cae de la silla y queda agarrado al cable. Sus amigos franceses, todos ex comunistas del Mayo del «68, deciden que se ha tratado de un intento de suicidio y deciden ayudarlo a publicar sus obras. Un importante editor, ex-revolucionario, pone una condición para sacara al mercado los libros del polaco con suspuesta vocación suicida:que el escritor acepte inmolarse en público, en la plaza San Pedro, durante un discurso del Papa, como modo de protesta por la indiferencia de los países ricos frente a la pobreza del mundo subdesarrollado. El polaco -que jamás tuvo en la mira abandonar la vida por voluntad propia- se ve obligado a librar batalla para escapar a su propia muerte.

– ¿Por qué no llegó a la Argentina ese film?

-A veces las películas tienen vidas extrañas. Este film se estrenó en Francia, justo en época de campaña electoral , e irritó a mucha gente. Sucede que la película hablaba precisamente de una cierta izquierda que en el «68 hablaba de hacer la revolución y que terminó ocupando lugares de poder.La película apelaba a la ironía y al sarcasmo para hablar de nosotros mismos, porque yo no me olvido que formaba parte de esa generación que alguna vez quiso cambiar al mundo. El film no fue bien recibido a causa de su enfoque sarcástico del tema, y creo que por eso los distruibuidores no se esforzaron mucho en mostrarlo en otras partes del mundo.

-¿Creía usted en aquel momento que efectivamente iban a cambiar al mundo?

-Muchos estaban totalmente convencidos de eso. En lo personal, nunca terminé de creerlo del todo. Mi objeción era que no se podía cambiar al mundo destruyendo todo primero, para construir después. Todos soñaban con una revolución que cambiara al mundo en un cien por ciento, o al menos en un setenta. Yo les decía a mis amigos: «Si llegamos al 10 por ciento, realmente va a ser una gran victoria». «Porque hay gente como vos, la revolución no triunfa», me respondió uno de ellos.Quizás tuviera razón… Pero yo seguía creyendo que el mundo no podía cambiar de ese modo y que aun para convencerme a mí, hacía falta trabajo y tiempo.

Entrevista publicada en La Nación en junio de 1997

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