El humor a prueba, por Walter Garib

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Contar chistes es una vieja práctica. Todos conocen alguno, pero sólo quienes están bien dotados logran hacer reír, cuando los dicen. En 1998, Luis Muñiz, decano de la Facultad de Psicología de la Universidad SEK de Segovia, España, estuvo en Chile invitado para dictar charlas sobre el humor.

El asegura que, grandes obras literarias como El Quijote de la Mancha y La metamorfosis, se pueden clasificar como obras humorísticas. Sobre El Quijote no hay dudas de su calidad de tal, pues las aventuras estrafalarias de éste y su escudero, a cualquiera lo desternillan de la risa. En ningún caso, lo “destornillan” de la risa, como decía un payaso de un circo pobre.

Cuando Muñiz se refiere a La metamorfosis muchos fruncen el ceño. Sin embargo, Kafka comentaba a sus amigos que mientras escribía la novela no podía contener la risa. Se divertía mucho, desde luego para superar sus desaveniencias familiares.

Reír es sano y en particular si es sobre uno mismo. Hay quienes van a los cementerios a reír. ¿A ver cómo entierran a la suegra o a un enemigo? ¿o son unos consumados irreverentes?

En los velorios, se cuentan los mejores chistes y hay quienes en vez de contratar lloronas, acuden a humoristas. Bueno sería que estos también fuesen gerentes de las Isapres, acostumbrados los pobres a llorar miserias. Cuando son entrevistados en televisión, ponen cara de tanta angustia y tristeza, que dan ganas de socorrerlos, haciendo una colecta pública.

Volvamos al tema del humor, del gran humor emparentado con Julio Camba, Dickens, Twain o Aristófanes, porque, a través del camino elegido, llegaríamos al convencimiento de que sin las Isapres la mitad de nosotros estaría fiambre, lo cual no es una invención al pasar del articulista.

Muñiz dice que es bueno desconfiar de quien jamás ríe o no se vale de la risa para superar un mal momento. Los ingleses son maestros en el tema de saberse reír de ellos mismos. Su literatura y cine nos han regalado obras magníficas, donde demuestran que no sólo han logrado construir imperios, sino también perderlos con humor. Resulta una paradoja, sin embargo, que los miembros de la corona inglesa se hallen ajenos a tan saludable actitud.

El humor como se ve, tiene alcances insospechados. O uno se ríe a la fuerza o está obligado a mostrar los dientes, aunque no tenga, ni siquiera el necesario para sujetar la prótesis. Es de mal tono y falta de cortesía, por ejemplo, no reír a carcajadas si es el jefe quien cuenta el chiste.

* Columna de Walter Garib en La Época


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